La Soberanía
de Dios
La elección divina, el pecado humano y la responsabilidad humana están todos bajo la vasta e inquebrantable soberanía de Dios.
No compiten entre sí, sino que se armonizan para engrandecer Su gloria y humillar nuestro corazón delante de Él.
La Elección Divina
La elección divina es la decisión eterna y llena de gracia de Dios de salvar en Cristo a pecadores específicos, no por mérito alguno, sino conforme a Su propia y soberana voluntad. La Escritura muestra que la elección de Dios tiene su raíz en Su propósito y en Su amor, de modo que la salvación no se origina en la voluntad del hombre, sino en la misericordia de Dios.
Antes de que el universo fuera creado, Dios conocía a Su pueblo por nombre y puso Su corazón en él. No reaccionó a nuestras decisiones; Él determinó que nuestros corazones muertos serían despertados, que nuestros ojos ciegos verían, y que nuestras voluntades rebeldes se rendirían ante Cristo.
La elección, entonces, es el propósito de un Padre que se niega a dejar a todos los pecadores en la ruina que ellos mismos escogieron.
Por eso la gracia es tan ofensiva para el orgullo y tan dulce para el quebrantado. El orgullo quiere una parte del mérito; la elección arroja toda corona al suelo y nos enseña a decir: "Si estoy en Cristo, es porque Dios me amó primero". Esta doctrina nos impulsa a predicar, sabiendo que Dios tiene un pueblo al que ciertamente llamará por medio del evangelio.
¿Y el Pecado?
La misma Biblia que exalta la soberanía de Dios también insiste en que Él es luz y en Él no hay ningunas tinieblas. Esto significa que, aunque Dios ordena todo lo que sucede, incluso los acontecimientos en los que ocurre el pecado, Él mismo nunca es autor, aprobador ni partícipe del mal. Él gobierna el pecado sin pecar; permite lo que aborrece para cumplir lo que ama.
Dios tiene parte en la acción del pecado, pero no en el pecado de la acción. Él ordena las circunstancias, pone los límites y entreteje aun las obras malvadas en Su sabio plan; sin embargo, la maldad de esas obras pertenece a la criatura, no al Creador. La cruz es el ejemplo más claro: Dios planeó la muerte de Su Hijo para nuestra salvación, y aun así, quienes lo clavaron allí actuaron libremente y son justamente responsables.
Esta verdad no minimiza el sufrimiento ni excusa el mal; nos sostiene firmes cuando el mal parece reinar. Si Dios no fuera soberano sobre el pecado, nuestras peores tristezas serían casualidad, nuestras heridas no tendrían sentido y nuestros enemigos tendrían la última palabra. Pero el Señor está sentado en Su trono sobre toda tormenta.
La Responsabilidad Humana
La soberanía de Dios no anula la responsabilidad humana; la establece. La Escritura es clara: Dios gobierna sobre todo, y aun así las personas son verdaderamente responsables de sus decisiones, especialmente de sus pecados.
Cuando un pecador rechaza a Dios, hace lo que más desea hacer, y tendrá que dar cuentas por ello. Cuando cree, es porque la gracia lo ha hecho dispuesto; sin embargo, su fe no es menos real, ni menos ordenada por Dios, ni menos su propio acto de confianza en Cristo. El llamado del evangelio es para todos: arrepiéntanse, crean, obedezcan; y nadie puede culpar a Dios por su incredulidad.
Este es el misterio que nos humilla: el mismo Señor que ordena el fin (nuestra salvación) también ordena los medios (que oigamos el evangelio, nuestro arrepentimiento, nuestra fe, nuestra perseverancia). Bajo Su mano soberana, nuestras decisiones son reales, nuestra obediencia importa, nuestras oraciones son usadas y nuestro trabajo en el Señor no es en vano.